Hombre

VOCES #44

No se trata de mejorar el sistema educativo, se trata de crear uno nuevo

La docencia es mucho más agotadora que la escritura. Mis facetas como escritor y profesor se retroalimentan, eso sí, como profesor tengo más satisfacciones, pues la interacción con el alumnado es constante y aprendo sin descanso. Cuando hablo con padres sobre el futuro de sus hijos, les animo a que les apoyen en lo que quieran ser o hacer. Hay que crear un sistema educativo basado en el fomento de la creatividad, de la solidaridad,  de un espíritu emprendedor enfocado hacia el bien común.

Carlos Roncero,
Profesor y escritor

¿De pequeño que querías ser: escritor, profesor u otra cosa?

De pequeño quería ser pequeño. Quiero decir que no recuerdo tener una respuesta cuando me hacían esa pregunta. Quizás fuera a los diez años cuando empecé a sentir algo parecido a querer ser algo y, sin estar muy seguro en ese momento, sabía que debía de estar relacionado con el cine. Mi madre nos llevaba siempre a mis hermanos y a mí al cine los domingos por la tarde. La primera película de la que tengo un recuerdo nítido es “Jovencito Frankenstein”. Tenía cinco años y no pude entenderla. Lo que hice fue llorar y llorar de miedo, y mucho más cuando se fue la luz en el cine. Chillé tanto que mi madre tuvo que sacarme de ahí. Quién hubiera dicho que de un encuentro así, tan poco afortunado, iba a nacer el amor profundo e intenso que siento por el cine. Soy un cinéfilo empedernido. Fue cuando vi por primera vez “En busca del arca perdida” cuando supe que yo quería hacer lo que hacía Spielberg. Y lo sigo deseando.

¿Por qué elegiste hacerte profesor?

Porque no pude ser director de cine. Mis padres, en su afán protector, nunca me apoyaron. No se los reprocho. La mayoría de los padres hubieran hecho lo mismo y más en aquella época. Conocían bien la realidad y sabían que, lo más probable, es que eso no me llevaría a ningún sitio. Desde ese punto de vista, no se los reprocho, pero, aún así, me hubiera gustado que me animaran a intentarlo. Por eso, cuando, como tutor, hablo con padres sobre el futuro de sus hijos, les animo a que les apoyen en lo que sus hijos quieran ser o hacer, incluido el mundo de la escena. Así que no me quedó otro remedio que estudiar algo en la universidad. El problema era que no había nada que me atrajera salvo la filología inglesa (por lo de las películas en versión original) y la historia. En filología había que dar latín y siempre se me dio muy mal, de modo que entré en historia, que sí me había gustado desde pequeño porque, en el fondo, la historia es como una gran película y si, además, tienes la suerte de que te la cuente un buen profesor, como fue mi caso, tanto en la EGB como en el bachillerato, pues más todavía.

 

"El principal problema de la educación es la total desconexión de las autoridades que deciden sobre enseñanza en este país con la realidad educativa."

Al final tus padres satisfechos y tu, de alguna forma, también, ¿no?

Lo curioso es que a mis padres no les preocupó que me metiera en la carrera que, probablemente, tenga menos salidas de todas. Seguramente, menos que el cine. Pero yo iba a la universidad y para ellos eso era serio, el cine no Y que conste que no lo comento desde el reproche, ni mucho menos. Allí comprendí que esa película tan larga que se llama Historia quería contársela a los demás, tal y como habían hecho conmigo los excelentes profesores que tuve. Y funcionó. Soy un tipo extrovertido y me gusta bastante bromear. Mezclé eso con la Historia y de la coctelera salí yo dispuesto a dar clases. Y ya son veintiún años de docencia. Veintiún años pasándolo en grande.

¿Y qué te llevó a la literatura?

El hecho de no poder ser director de cine. Siento ser repetitivo, pero, para bien o para mal, toda mi vida se ha desarrollado en función de lo que nunca he podido hacer. Me dije que si no podía dirigir películas por lo menos podría escribir guiones de cine. Era otra forma de entrar en ese mundo. Así que, sin tener ni idea y con veinte años, me puse a escribir guiones. Los primeros fueron espantosos, aunque a mí en aquel momento me parecieran obras maestras de la comedia. Me gustaba escribir comedias. Recuerdo una vez que me contactaron los de una agencia de guionistas para decirme que querían contar conmigo. Yo tenía 26 años y pensé que se me abría el cielo. Lo primero que hicieron, siempre a distancia con correo ordinario porque en esa época no existía internet, fue formarme como guionista. Me dijeron que leyera los libros de Linda Seger y Syd Feld sobre escribir guiones y así aprendí la base, no solo para escribir cine sino, sobre todo, para escribir literatura. Mis libros son muy entretenidos porque tienen un buen sentido del ritmo y eso se lo debo a esos libros, y a ver mucho cine. Luego resultó que la agencia quebró o se dedicó a otras cosas, no sé, el caso es que me escribieron diciéndome que no podían atenderme y me desearon buena suerte.

¿Y cómo diste el paso defintivo a escribir novelas?

Probé enviando guiones al mundillo del cine, pero eran historias muy malas y me los rechazaron siempre. Digo rechazaron porque, en realidad, nunca me contestaron y, ya se sabe, el silencio otorga. Ocurrió entonces que escribí un guión bueno, aunque eso solo lo sabía yo. Pero era bueno de verdad. Una comedia, por supuesto. Y, entonces, me hice la gran pregunta. Todas las grandes preguntas empiezan por ¿Y si…? De hecho, los guionistas trabajan así. ¿Y si hacemos que el protagonista llame a su amiga…? Y luego buscan las posibles respuestas. La pregunta que yo me hice fue ¿Y si convierto este guión en una novela? Y de ahí nació “Los trenes perdidos”, que años más tarde sería publicado por la editorial E-Litterae. Una comedia coral desarrollada en un balneario en los años de la Segunda República. Así empecé en la literatura.

¿En tus novelas de qué hablas? ¿Partes de experiencias personales o son pura ficción?

Cuento conflictos. Sin conflicto no hay historia. El resto es adorno y hay que saber adornar, que no es fácil. Yo sigo aprendiendo. Hablo de lo que se ha hablado siempre, en eso me temo que no sea muy original. Hablo de las necesidades humanas y de sus contradicciones. No parto de experiencias personales pero sí tengo claro que, de un modo u otro, estoy en todas mis novelas. En unas más que otras. Lo más cerca que he estado de partir de una experiencia personal ha sido con “Mis ojos llenos de ti”,  pues la inspiración me vino de un sueño. Soñé con una niña tocando un violonchelo en un cementerio frente a una lápida mientras un niño la escucha espiándola. A partir de esa imagen construí la novela. Me hice una pregunta con ¿Y si…? Me pregunté ¿y si ese niño vive en el cementerio? Supe de inmediato que había hecho la pregunta correcta. En mi último manuscrito, aun no publicado, soy uno de los personajes secundarios. El profesor-tutor de la protagonista. Me pongo otro nombre pero soy yo y he de confesar que disfruté mucho con la evolución que experimento en la novela. En otros casos he partido de hechos reales, como en “Clara dice”. Leí el caso de una madre que no aceptaba el suicidio de su hija adolescente y empezó a investigar en la red hasta descubrir a un depredador que captaba adolescentes y les convencía de que se suicidaran. Terrible. También me han inspirado lugares, como en “Los trenes perdidos”, que se me ocurrió paseando en el Balneario de Alhama de Aragón. Es un lugar precioso anclado en el siglo XIX. A medida que caminaba los personajes de la novela se me iban apareciendo y yo los iba bautizando. He partido también de hechos históricos como inspiración. Por ejemplo, escuchando a un compañero profesor que hablaba de cómo los falangistas ejecutaban a sus víctimas en Gran Canaria arrojándolos a una sima, se me ocurrió “La extraordinaria historia de Juan Barreto”. Mientras le escuchaba me hice una pregunta con ¿Y si…? Me pregunté, ¿y si una de esas víctimas sobrevive a la caída? El resto vino solo.

Ya sabemos que es difícil elegir, pero ¿cuál de tus obras editadas hasta el momento es tu favorita y porqué?

Pues sí, es difícil elegir. “Clara dice” es, sin duda, la que más satisfacciones me ha dado, pues es una novela relativamente conocida y se lee en los institutos, pero no podría decir que es esa mi preferida. Cuando me hacen esa pregunta me viene de inmediato a la cabeza “Mis ojos llenos de ti”. Es sin duda, la más personal y quizás sea eso por lo que le tengo un especial cariño. Lo cierto es que disfruté muchísimo escribiéndolas todas, sin excepción. “La extraordinaria historia de Juan Barreto” tiene personajes muy sólidos y suelo pensar en ella a menudo. Es difícil elegir.

 

"No se trata de adaptarnos a los adelantos digitales, son estos los que se tienen que adaptar a nosotros. Se han hecho para facilitarnos las cosas, no para dirigir nuestras vidas"

¿Compartes tus experiencias como escritor con tus alumnos? ¿Cómo reaccionan ante tus nuevas novelas?

Sí. “Clara dice” es una de las lecturas del curso. Es una novela que les apasiona; la devoran, se adelantan incluso al ritmo de la clase leyéndola por su cuenta en casa, la leen dos veces. Y saben, además, que el autor es profesor del colegio y que les dará una charla exclusiva para hablar del libro. Ahí es cuando aprovechan y me hacen todo tipo de preguntas sobre mi faceta de escritor, desde cómo se me ocurrió la novela a cómo escribo, por qué empecé…Hay dos preguntas que nunca fallan en estas sesiones, año tras año: una es que si yo soy Trápaga (el comisario que lleva el caso en la novela). Yo les contesto que no, pero que me gustaría mucho serlo. Les digo que es una especie de alter ego. Luego les explico lo que es un alter ego. Me parezco a él pero yo no tengo tanta mala leche. La otra pregunta es que si voy a hacer una segunda parte. La novela tiene un final abierto y eso, a esas edades en las que solo ven o leen finales cerrados a ser posible felices, les descoloca. Les contesto que si lo he hecho así es para que, cuando terminen de leerla, se sientan inseguros y se hagan preguntas. Aquí es cuando aprovecho y les hablo de las redes sociales, pues la novela trata de los peligros que en ella puedes encontrar. Sorprendería saber el total desconocimiento que tienen los padres sobre la navegación que hacen sus hijos en internet, ya sea con el ordenador o con el móvil. Asusta. Institutos de la Península me han hecho entrevistas vía email, y las preguntas suelen coincidir, sobre todo esas dos. En junio tendré la oportunidad de ir a un instituto de Bilbao para que me conozcan y charlar sobre “Clara dice”. Es todo muy emocionante. Respecto a la segunda pregunta, realmente no suelo decir a mis alumnos que he publicado una nueva novela. Me da la impresión de estar haciendo publicidad con ellos y no me gusta. Prefiero que tengan curiosidad y me busquen en las redes. Si me hacen alguna pregunta al respecto les contesto, claro.

¿Cuál de las dos facetas te llena más personalmente, la de escritor o la de profesor?

Son complementarias, simbióticas, se retroalimentan. No podría hacer la una sin la otra. Eso sí, como profesor tengo más satisfacciones pues la interacción con el alumnado, y los padres, es constante, por lo que aprendo sin descanso. Realmente, no sabría qué hacer en mi vida sin estas dos ocupaciones. Como contrapartida, la docencia es mucho más agotadora que la escritura.

Desde su experiencia personal, ¿cuáles son los principales problemas de la educación en nuestro país?

La total desconexión de las autoridades que deciden sobre enseñanza en este país con la realidad educativa. No solo existe esa desconexión sino que, además, esta se agrava con los recortes vergonzosos de los últimos años. Para colmo, ningún grupo político es capaz de ponerse de acuerdo para crear un sistema educativo que beneficie a todos, que sea práctico y que estimule al alumno. Solo se preocupan de que sus ideologías y su forma de entender la enseñanza queden bien reflejadas en esas leyes. Me resulta deprimente que en un asunto tan importante solo se miren los intereses de grupo. Para colmo, las leyes elaboradas en los últimos años han restado al profesorado, no solo autoridad, sino también prestigio. Ya en las aulas se presentan más problemas que, en mayor o menor medida, son consecuencia de lo anterior. El fracaso escolar, la desmotivación,  familias desestructuradas con dificultades para orientar correctamente a sus hijos, barrios depauperados con cero estímulo para emprender, para tener, al menos, la esperanza de prosperar, algunos profesores sin vocación, o profesores a los que no se les dota de estrategias para atender estas situaciones. Los recortes han hecho un daño muy profundo en la enseñanza que, en general, terminan pagando los profesores válidos que acaban entrando en una espiral de desmotivación.

¿Tenemos un sistema educativo capaz de enfrentarse con éxito a los retos que plantea la sociedad del siglo XXI?

Permíteme contestar preguntando. ¿Es tan distinta la sociedad del siglo XXI respecto a la del siglo anterior? Porque yo no veo tantas diferencias. Esa sociedad, ¿realmente está planteando retos? Si fuera así, no se explica que los políticos sigan siendo reelegidos, porque yo no he visto ningún supuesto reto cumplido. Por otro lado, no debemos olvidar que este sistema educativo que tenemos se edificó en la sociedad del siglo XIX y para un sistema industrial dirigido por la burguesía. Es ese sistema educativo el que seguimos teniendo. Y está obsoleto, caduco. Por supuesto, los gobiernos neoliberales desean que se mantengan, desean que se siga educando en la competitividad (los exámenes son sus pilares), desean que se sigan descartando el fomento del criterio propio o la solidaridad, desean que este sistema educativo siga creando corderos obedientes  que no tengan el menor reparo en pisotearse en el mundo laboral con tal de ser los más competitivos, de ser  los mejores. Es así. Y en medio de todo eso, un puñado de docentes en todo el mundo, cada vez más, proponiendo nuevos sistemas que se ajustan a las necesidades actuales, porque no se trata de mejorar el sistema educativo, se trata de crear uno nuevo.

¿Qué habría que cambiar de raíz para lograr un sistema educativo moderno y eficaz?

El propio sistema educativo. Eliminarlo. Crear uno desde cero, basado en el fomento de la creatividad, de la solidaridad,  de un espíritu emprendedor enfocado hacia el bien común. No es utópico. Los países escandinavos están muy cerca de conseguirlo y no aprendemos de ellos, no interesa. Según una encuesta realizada no hace mucho las grandes multinacionales esperan de sus trabajadores capacidad para adaptarse a los cambios, creatividad y espíritu emprendedor. Nada de eso se contempla, ni de lejos, en el sistema educativo actual, es decir, el del siglo XIX.

¿Qué papel deben asumir los educadores en un nuevo sistema educativo adaptado a la sociedad digital del siglo XXI?

No me gusta el concepto de sociedad digital. Me da la sensación de estar convirtiéndonos en robots. No se trata de los medios con los que se enseñe, sea un pizarra o una pantalla digital conectada a internet con funcionamiento táctil, se trata de los valores que se enseñen, del estímulo que se transmita y se despierte en el alumnado. No se trata de adaptarnos a los adelantos digitales, son estos los que se tienen que adaptar a nosotros. Se han hecho para facilitarnos las cosas, no para dirigir nuestras vidas. Son los profesores los primeros que se deben formar y preparar para ese nuevo sistema educativo digital, que de real, de momento, solo tiene lo digital. Los profesores, en general, estamos muy convencidos de cómo se tienen que hacer las cosas para cambiar el sistema educativo y, de hecho, ya hay unos pocos centros que lo están haciendo. Son los políticos los que no nos dejan; políticos colocados en el gobierno con los votos de los ciudadanos; ciudadanos que exigen resultados solo a los profesores y se olvidan de los políticos. Esta es nuestra triste realidad.

¿Hasta qué punto es importante lograr un consenso educativo? ¿Es posible ese consenso?

No es importante, es vital y, en este país, temo ser pesimista, es imposible. Las dos Españas siguen existiendo. Las leyes educativas son un reflejo de ellas. Me recuerda mucho a la cesantía propia del siglo XIX, cuando entraban los moderados en el poder se cargaban lo que habían hecho los progresistas, y viceversa. ¿Ves? Siglo XIX. Todavía.

¿El cambio educativo exige al mismo tiempo un cambio de modelos sociales, especialmente en lo que se refiere a medios de comunicación e industria del ocio juvenil?

Claro, esa es la cuestión. Si este sistema educativo fue creado por la burguesía en el siglo XIX y la sociedad de hoy en día sigue dirigida y controlada por la burguesía, no bastaría con cambiar solo el sistema educativo. Habría que cambiar también nuestro concepto de sociedad. Pero cambiar el sistema educativo sería un buen comienzo, cierto. Ya sabemos lo que decía Marx sobre la religión, que era el opio del pueblo. Si hubiera levantado la cabeza hace un par de décadas lo hubiera dicho de la televisión y si la levantara ahora lo diría de internet. Y es curioso porque son herramientas todas ellas fantásticas, pero parece que no le estamos dando el uso adecuado. Tengo la sensación de que ese ocio que mencionas está concebido para no hacer pensar, para no hacerse preguntas, para no sentir curiosidad, y la curiosidad, junto con la duda, es la base del conocimiento. Es un ocio, en general, de consumo fácil, de usar y tirar y, sobre todo, y pese a las apariencias, con poca variedad. Los jóvenes de hoy, en especial los adolescentes, tiene un enganche muy fuerte a los móviles. Por supuesto, muchos adultos también, pero los adultos tenemos la referencia de haber vivido sin los móviles. Los adolescentes no cuentan con esa referencia. Ellos nacieron y estaban los móviles, por lo que, ahora, vamos a ciegas respecto al desarrollo de las relaciones sociales. No tenemos ni idea de cómo afectará ese enganche al comportamiento social dentro de veinte años. Pero que está diseñado para enganchar y no pensar, eso no me cabe duda.

Carlos Roncero se definde como un todo terreno de la enseñanza. Es profesor desde hace 21 años e imparte clases de Geografía, Historia e Historia del Arte. Como profesor su principal interés es «que los alumnos sean buenas personas y que duden de todo, en especial de mí.» Su pasión por la literatura le ha llevado a cultivar una importante faceta de escritor con tres obras publicadas hasta el momento: "Clara dice", "Los trenes perdidos" y "Mis ojos llenos de ti".

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